El Café del Cerro Castillo de Viña del Mar fue el punto de partida y consolidación para la cantautora Paula Batarce, quien estableció allí su refugio personal con presentaciones que no solo se convirtieron en uno de sus discos más íntimos (Paula Batarce en el Café del Cerro Castillo, 2002), sino que también convirtieron a Paula en una artista “porteña” sin ser fundacionalmente porteña… Dos décadas de estada en el eje Valparaíso-Viña-Concón dejaron atrás su origen talquino y su paso por la capital y la proyectaron desde ahí como una de las voces del puerto en la década del 2000.

Durante los ’80, Batarce llegó a participar en shows frente a las cámaras de “Sábados gigantes” como integrante de un clan juvenil que además acreditaba a los inicios de voces como las de Luis Jara y Myriam Hernández. Ahí, Batarce interpretaba baladas románticas y fue en ese contexto que conoció al histórico compositor Ariel Arancibia. Juntos trabajaron en la canción “El niño del volantín”, que llegó a la competencia folclórica del Festival de Viña del Mar en 1985.

Instalada luego en Valparaíso, en 1996, una Paula Batarce autora y cantante en el olvido desde los tiempos del festival viñamarino volvió a repuntar. Ese año regresó al trabajo de creación de canciones que luego llegarían a su primer disco “Viaje al corazón” (pronto lo presentaría cada semana en ese Café del Cerro Castillo). Más tarde (2003) editó “Pasajera de los sueños” (con piezas como “De tu mano” y “Agua y mar”), grabado en el estudio de Fernando González (guitarrista y fundador de Congreso).

El vínculo con el mayor de los hermanos González le permitió trabajar en conjunto un tercer álbum de canciones, algunas compuestas y arregladas por el guitarrista con una orientación menos intuitiva y mejor guiada en el estudio de grabación, se llamó Puerto destino (2004) y definió el destino porteño de Batarce. Además, produjo un giro desde la canción acústica hacia la integración de elementos del pop latino, la balada y la world music, que finalmente se verían expuestos en el siguiente álbum, presentado desde la portada como una colaboración bilateral entre Batarce y González: A Gabriela Mistral. Amo amor (2005) —que tuvo luego una continuidad con Amor a pedazos (2008)—, donde la dupla musicalizó poemas del libro Desolación (1922) al cumplirse los 60 años de la consecución del Premio Nobel y que le valió a la cantante una nominación al premio Apes de 2005 como mejor intérprete.

“2 Días de 7”, también con Fernando González, es un álbum que nace como la necesidad de tender un puente entre la realidad colectiva y los sueños individuales de quien las crea. Las canciones nacen en medio de un entorno adverso para la inspiración, sin embargo, pareciera que esta característica fuera el motor que las impulsa y las vuelve lo que son, pequeñas historias, visiones críticas y esperanzadoras e instantes personales que buscan su eco para crear un vínculo y una complicidad con el público oyente.

El último trabajo realizado en solitario se titula “Rostro de Hielo”: 11 canciones de autoría y composición propias, de diversas temáticas cuyos relatos buscan el género que más les acomoda para desplegarse libremente, dejando de manifiesto que el objetivo de cada canción es tener un encuentro con las emociones de quien las escucha.

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